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Las verdaderas brujas de Zugarramurdi: Historia de una tragedia inquisitorial

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León Thariel

11 de abril, 2026 · 3 min de lectura

Las verdaderas brujas de Zugarramurdi: Historia de una tragedia inquisitorial

Las verdaderas brujas de Zugarramurdi: Historia de una tragedia inquisitorial

En un pequeño pueblo navarro, cuando el invierno es oscuro y largo, sucedió una de las tragedias más profundas de Europa. La historia de las brujas de Zugarramurdi no es un cuento de oscuridad mágica, sino la crónica de cómo el miedo devora a la comunidad, cómo la paranoia de las autoridades puede convertir a tus vecinos, a tus padres, en enemigos. Es una advertencia que resuena aún hoy.

A principios del siglo XVII, en esta comarca navarra de Xareta, la brujería fue el nombre que se le dio a la muerte. No porque hubiera magia negra, sino porque alguien pronunció una palabra, y el resto fue tragedia.

las brujas de Zugarramurdi

El primer grito: Cómo comienza la caza

En 1610, una vecina despertó de una pesadilla. En sus sueños, había visto a sus propios convecinos reunidos en un aquelarre, participando en rituales oscuros. Quizás era solo una pesadilla. Quizás era ansiedad. Quizás era envidia disfrazada de virtud. Pero decidió denunciar lo que había visto en la oscuridad de su mente.

La Inquisición escuchó. Y escuchó con un hambre ardiente.

Cincuenta y tres personas fueron arrestadas. Hombres, mujeres, ancianos. Gente que conocía entre sí, que compartía pan, que rezaban juntos. Once de ellos fueron quemados vivos en la hoguera. Muchos otros murieron en cárceles tan inmundas que la muerte fue casi un alivio. Y la máquina de la persecución fue accionada por dos hombres: Becerra y Valle Alvarado, inquisidores que creían que cada delación era una virtud, que cada acusación era verdad.

La cueva y el reinterpretación del mundo conocido

En la localidad, existe una cueva natural excavada por el tiempo y el agua. Los vascos la llamaban Sorginen Leizea, y había sido un espacio vivo durante siglos: lugar de prácticas ancestrales, de encuentro, de medicina tradicional, de vida comunitaria tejida con rituales que la gente recordaba de sus abuelas.

Al lado de la cueva, un prado tranquilo. Los locales lo llamaban Akelarre, simplemente un campo de cultivo. Pero cuando los inquisidores vieron la cueva, vieron el infierno. Vieron la palabra Akelarre y la transformaron en la palabra de un crimen. Un espacio que había sido neutral, inclusive acogedor, fue reinterpretado como la puerta del mal.

Dentro, una pequeña corriente de agua. La llamaban Infernuko Erreka. Los acusadores la nombraron así para tejer una narrativa: aquí reside el infierno, aquí se reúnen los demonios. Un lugar común de reunión se convirtió en símbolo del horror.

La fractura del tejido humano

Lo más cruel no fue lo que hicieron a los adultos, sino lo que hicieron a los niños. Los párrocos de pueblos cercanos les enseñaron que si denunciaban a sus padres, a sus hermanos, a sus maestros, serían redimidos. El demonio, les dijeron, capturaba a la gente. Si los delataban, serían salvados.

Imagina ser un niño en ese momento. Imagina el miedo. Imagina la presión. Imagina decir el nombre de tu padre y verlo arrastrado. La comunidad que había sido una red de protección se convirtió en un campo minado. La confianza murió antes que cualquier cuerpo.

El inquisidor que vio la verdad

Pero la historia no termina en tragedia completa. Alonso de Salazar y Frías, otro inquisidor, se atrevió a mirar los archivos con ojos claros. No había pruebas reales. Solo testimonios bajo tortura. Solo niños asustados. Solo el odio disfrazado de fe.

Su informe fue demoledor. Lo que sucedía en Zugarramurdi no era brujería. Era histeria. Era manipulación. Era la maquinaria del miedo consumiendo carne inocente.

En 1614, la Inquisición se vio obligada a retroceder. Los sobrevivientes recibieron amnistía. No se ejecutaría a nadie más por brujería. Este pequeño pueblo navarro, sin saberlo, se convirtió en el punto de quiebre que comenzaría a detener la caza de brujas en toda Europa.

El legado silencioso

La verdadera historia de Zugarramurdi no es sobre brujas ni magia. Es sobre cómo las personas buenas pueden cometer atrocidades cuando el miedo las gobierna. Es sobre cómo las instituciones pueden convertirse en máquinas de muerte si no hay quien las observe críticamente.

Y es un recordatorio: cuando escuches acusaciones fuertes, cuando alguien clame que ha visto algo en un sueño o una premonición, recuerda Zugarramurdi. Recuerda a los cincuenta y tres. Recuerda a los niños que fueron obligados a traicionar.

Si sientes el peso de esta historia en tu alma, si reconoces en ella un espejo de verdades difíciles sobre la naturaleza humana, quizás una consulta con alguien que comprenda estas capas de la historia y el espíritu puede ayudarte a procesar lo que la injusticia histórica ha dejado en tus raíces.

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